EL POBLADO ALTOMEDIEVAL DE
PEÑA HORRERO

Pasadas las primeras décadas de la irrupción de los moros en tierras hispanas, los habitantes visigodos y los indígenas de las numerosas tribus esparcidas aquí y allá, buscaron refugio en el norte de la península, un territorio abrupto y plagado de bosques y cavernas.
El fenómeno eremítico que tal circunstancia propició, convivió con las tribus indígenas ya asentadas, favoreciendo el crecimiento humano en la comarca de Las Merindades y haciendo exitosa la política repoblacional de los primeros reyes astur - leoneses.
Fruto de este movimiento fue la proliferación de pequeños poblados con vocación de estables y dedicados a la ganadería y a la agricultura de sostén. En Las Merindades abundan los restos arqueológicos que testifican tal conducta, sobre todo en poblamientos dotados con necrópolis antropomorfas utilizadas a lo largo del periodo comprendido entre los siglos VIII a XI: Cigüenza, Bocos, Quintanamaría, Montejo de Cebas, Villabáscones, Quejo, Corro, San Juan de Hoz en Cillaperlata, San Pantaleón, y nuestra protagonista, Peña Horrero, cerca del pueblo de Fresnedo, son algunos ejemplos de la verdad de nuestro aserto. Todos ellos están rodeados de ese hálito mágico que se esconde en los lugares que han sido protagonistas de la historia.
Los cementerios de esta época altomedieval, en su inmensa mayoría, están formados por tumbas excavadas en rocas de arenisca, la más fácil de trabajar. Tienen forma de simple bañera o bien presentan la forma del cuerpo humano, esto es, un hueco para la cabeza, otra parte para el cuerpo, con contorno para los hombros, y una tercera para los pies, que es continuación, con estrechez al final, de la del cuerpo. A veces las paredes presentan cortes planos.
Peña Horrero, en la pedanía villarcayesa de Fresnedo y muy cerca también de la de Gayangos, es una de las más completas de estas joyas arqueológicas, pues tiene, y además muy definidas, su acrópolis, o zona de vivienda, y su necrópolis, o cementerio.
Para visitar este poblado altomedieval, hay que de ir hasta Torme y nada más pasar el puente sobre el Trema, en dirección Cornejo, un camino carretil que arranca al frente, nos permitirá llegar, tras una media hora de paseo, al roquedal donde se asienta (Nota: también se puede llegar a él por la carretera que, desde Villarcayo conduce a Santander y Bilbao, a través de una senda que se coge unos trescientos metros más allá del alto de Bocos, a la izquierda, poco antes de la vaguada y junto a un panel con albardilla que informa sobre senderos de la zona). Al pie de dicho roquedo una fuente permite al viajero tomar fuerzas para emprender la aventura que supone la visita a Peña Horrero.
Este interesante lugar, sin duda mágico y trascendente, ha sido estudiado y descrito por numerosos investigadores, desde el presbítero Antolín Sáinz de Baranda, quien dio a conocer sus investigaciones a finales del siglo XIX, hasta las observaciones detalladamente descritas por nuestro buen amigo Jesús María Méndez en un trabajo monográfico publicado por el C.I.T. de Medina de Pomar hace unos pocos años. Consta el asentamiento de dos zonas bien delimitadas: la zona de necrópolis y la de residencia o acrópolis, que se corresponden con las dos series de crestas separadas por una falla. Junto a la elevación rocosa más meridional hallaremos una pequeña fuente con abrevadero y, frente a ella, el único acceso a la necrópolis (NOTA: Es una vía difícil y peligrosa, es forzoso advertir, sobre todo al bajar) facilitado un tanto por la existencia de varias oquedades en las que apenas se pueden apoyar los pies.
Una serie de sepulturas antropomorfas y de bañera, de distintos tamaños, en desigual estado de conservación y en número cercano a las cincuenta, excavadas en la piedra y orientadas este - oeste, ocupan toda la plataforma, algunas de ellas casi tapadas por arbustos. En un plano más elevado, al que se llega merced a unos escalones toscamente labrados, encontraremos una especie de plazoleta de unos 25 o 30 metros cuadrados, abierta a Occidente, desde la que se domina la zona de tumbas. Está marcada por lo que parece un pretil.
En la otra elevación rocosa, la situada al norte, de mayores dimensiones, se asienta la que fuera acrópolis o lugar de reuniones y vivienda, Para llegar a ella habremos de rodear la roca por la parte contraria a la que llegamos y pasar bajo una especie de visera rocosa en la que se ven las oquedades que sirvieron de alojamiento al entramado de madera que, seguramente, habilitaba el espacio para redil o refugio. Al final de las campas, una pequeña senda nos permitirá subir a la parte alta de la roca en la que enseguida advertiremos signos de habitación humana, como hoyos para recoger el agua, hornacinas, puestos de vigía, repisas y numerosos huecos tallados para encajar vigas, soportes y entramados que facilitarían los desplazamientos por la zona.
En la parte central, en un resalte rocoso de su arista oeste, y localizables, con ayuda de prismáticos, desde el propio camino, hay media docena de escalones perfectamente labrados que, aparentemente, no conducen a sitio alguno, constituyendo un misterioso y críptico mensaje.
En esa misma zona se yergue, solitario, un vertical espolón rocoso en cuya cara este se ve una figura semilabrada (¿) que, con un poco de esfuerzo interpretativo, parece representar una gran ave, una especie de buitre o alimoche con las alas abiertas y en actitud de posarse.
El espíritu observador del visitante le permitirá descubrir nuevos detalles y su imaginación, seguro rica, hará lo demás para que la visita a este importante y antiguo poblado sea una experiencia inolvidable.
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