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MERINDADES

LA ESTRADA DE LOS PUEBLOS MUERTOS
de Santecilla a Opio Y Ríos

Hubo un tiempo en que la aldea de Opio, en la parte suroeste del menés Valle de Ayega, escondido entre los vallejos que se extienden por tierras de Santecilla, pareció tomar indeseado protagonismo porque en su seno se pretendía instalar un centro de recuperación de drogadictos. El protagonismo a ese precio no debió gustar mucho a los moradores del valle, pues se levantaron en armas dialécticas y "manifestapénicas" hasta conseguir la anulación del proyecto. Esto, que, en su tiempo, pareció un triunfo del pueblo, marcó el principio de su fin, pues, desde entonces, se aceleró su manifiesto deterioro.
El cronista ha conocido estos valles desde hace muchos años. Siempre fueron un verdadero vergel cinegético de mirlos y malvices, sobre todo en las riberas del pequeño río Romario. Tenía deseos de volver a ellos y rememorar aquellas vivencias. Lo ha hecho hace unas fechas.

Para visitar lo que queda de las aldeas de Opio y Río Mena, hay que llegar hasta Santecilla, ya muy cerca de El Berrón. Santecilla ha sido siempre un pueblecito "por el que se pasaba muy cerca para ir a Bilbao". Los barrios de La Magdalena, La llana o La Cayuela, hacen de heraldos de unas cuantas casas situadas en un otero, junto a la iglesia parroquial de Santa Cecilia (Santecilla), pero, hoy en día, a sus pies, rodeándola, se ha levantado un auténtico y extenso polígono industrial, sobre todo en el sector mobiliario, que, en extraño guirigay, se mezcla con unifamiliares, caseríos y viviendas. En La Cayuela, además, todavía se puede admirar el que fuera elegante y señorial palacio de los Martínez Rivas, poderosa familia de ferrones, dueños de casi todos aquellos lares. Es, o mejor, era, un palacio barroco de la segunda mitad del siglo XVIII que posee, anexa en su lado norte, una elegante capilla particular, hecha totalmente de sillar. Tanto la capilla como el palacio poseen ostentosos escudos familiares.

Desde La Cayuela, la carretera, aún asfaltada, sigue rumbo sur en busca del núcleo principal de Santecilla, que, presidido por la iglesia mencionada, dejaremos a nuestra derecha. Apenas doscientos metros más adelante, llegaremos a un cruce, junto a una casona de campo defendida por un mastín poco peligroso, donde se pierde el asfalto. Nuestro camino sigue a la derecha, por el costado sur de la casona. En ese momento deja de ser carretera para convertirse en estrada, esto es, un camino estrecho escoltado por cercas y ramaje. Si hemos llegado hasta aquí motorizados y no lo hemos hecho en un todo-terreno, más vale que prosigamos nuestro camino andando. Total, apenas son un par de kilómetros los que nos separan de Opio y tan sólo otro más, de Río.

A unos trescientos metros del caserío con mastín, ya encerrados y obligados al camino, pasaremos bajo un esbelto, no por su belleza y estilo, sino por la altura de su tabla, viaducto del trazado ferroviario de La Robla. Allí la estrada hace un cambio de rasante y sigue, escoltada por enmarañados robrizos, hasta encontrar el curso del pequeño río Romario, que antes mencionamos, y ya en continuo, aunque no muy pronunciado, ascenso entre prados y bosquecillos de robles y chopos, llegaremos hasta el que fuera núcleo poblacional de Opio. Es un pueblo muerto. Tan solo una de sus casas parece aún habitable (luego nos enteramos que era la de Modesto y su mujer, pero que, al morir ésta hace tan solo unos meses, Modesto se había trasladado a una Residencia y la única que velaba por la vivienda, aunque no moraba en ella, era su hija) y ni tan siquiera la pequeña iglesia parroquial, totalmente obsoleta y amenazando ruina total, parece mantener la compostura.
Si la estrada hasta Opio era desastrosa, su continuación hasta Río Mena es infernal. Aquí, abandonado el lugar desde hace muchos más años, la estrada se convierte en senda. El paraje que la rodea acentúa la sensación de soledad que ya nos venía invadiendo en el trayecto hasta Opio. Parece que estamos en otro mundo. El silencio es total, bueno, casi total, pues lo rompe el nervioso silbar de varios mirlos, negros como el carbón, que, asustados a nuestro paso, arrancan el vuelo con ruidoso aleteo.

El cronista nunca había llegado hasta Río, así que ignora si los pocos restos de vivienda que en este viaje pudo ver, son los correspondientes al núcleo urbano de esta minúscula aldea. Es, desde luego, otro pueblo muerto. Es más, se hace difícil entender que algún día estuviera vivo, como así nos lo aseguran testigos de tal circunstancia. No es fácil entender las razones por las que personas de nuestro siglo pudieron escoger para vivir tan apartado y solitario lugar. Quizás sea eso, lo apartado, silente y bucólico de este rincón menés lo que lo convirtiera en morada apetecible.

Una cosa más, aunque algunos mapas de Las Merindades señalan estas estradas como "carretera local", el lector no haga caso de tal catalogación, pues la estrada que el cronista acaba de recorrer ni es carretera ni es nada, aunque, eso sí, sea lo que sea, recorrerla es verdaderamente fascinante y fotogénico y, si me apuran, hasta emocionante.

 




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